MELKOR/MORGOTH

EL GRAN ENEMIGO

 
 
 
 

Sobrenombres: S. "Enemigo Negro" o "Enemigo Oscuro", Q. "Mornagodo"; Melkor (Q. "El que se Alza en Poder"; S. "Belegûr"); Inmensa Muerte (S. "Belegurth"); Bauglir (S. "El que Obliga"); Umahal (Kb. "Deshacedor").

 
 
 
 
Ningún enemigo fue mayor que Morgoth, el vala rebelde. Como Ainu, nació antes de la creación de Eä, y sus talentos eran los más formidables de los recibidos por cualquier otro ser. De su rebelión nació el deseo que dio luz al Mal, pues en realidad Morgoth era el Mal encamado.
Originalmente, Morgoth fue Melkor, "El que se Alza en Poder". Era el mayor de los Ainur, y su poder estaba más allá de toda medida. Pero ni siquiera al principio fue el rey, pues nunca se halló cercano a los pensamientos de Eru (su Hacedor). En su lugar, compartía el poder con el menos poderoso pero más disciplinado Manwë; y así comenzó la rebelión.
 
 
 
El deseo que causó el Mal
 
La visión de Eru proporcionó a los Ainur los temas que deberían combinar para crear la Gran Música de la Creación. A su vez, los Ainur cantaron y finalmente unieron todos sus temas en la armoniosa música que creó Eä. Sólo una voz creó la discordia, la de Melkor, pues el gran Ainu buscaba su propia canción, sus propias creaciones. Incapaz de someterse a las concepciones del Unico y por afán de crear dentro del esquema prescrito, Melkor forjó su propio tema. Este fue el origen del Mal.
Está más allá de cualquier posibilidad responder a la pregunta de si Eru creó el Mal o no. Sólo el Único lo sabe. Sin embargo, su renegado fue realmente único y ofrecía claramente la posibilidad de la disonancia. A diferencia de los demás Ainur que formarían los Valar, su miríada de poderes eran bastante generales y su ser no representó ningún foco hasta que renunció a sus derechos de nacimiento. Melkor fue también uno de los quince Valar, comprendiendo los otros catorce un equilibrio perfecto de siete hombres y siete mujeres. Este extraño papel, fuera cual fuese su destino, era enormemente inestable.
Sin embargo, fue el deseo lo que sembró las semillas de la rebelión de Melkor. En el Ainu Exaltado ardía una pasión por controlar su propio Destino y por crear cosas según sus propios pensamientos. Esperaba poseer los Fuegos Etemos; ansiaba ser el Unico Señor. Por ello, su caída fue inevitable, pues sólo una visión podía gobernar la Existencia; y Melkor, pese a todo su poder, no era el Unico.
 
La Rebelión
Al igual que Aulë el Herrero, Melkor deseaba crear objetos por encima de todo lo demás. Gozaba con la gloria que envolvía a la creación, y amaba sus pensamientos por encima de todos los demás. A diferencia de Aulë, sin embargo, Morgoth se separó abiertamente del plan de Eru. Tras entrar en Eä como un Vala, se dedicó a trazar su propia ruta, y los Poderes se separaron.
Los demás Valar trabajaron para dar forma al Mundo y los Cielos de acuerdo con la simetría ordenada por Eru, pero Melkor se opuso a sus obras. Renunciando a su lealtad hacia su Hacedor, deseó él mismo ser el Hacedor de la nueva creación. Conforme sus hermanos construían, él destruía, y así comenzó la Batalla de los Poderes. Fue una guerra temble que condenó etemamente la visión de Eru. Melkor derribó las Dos Lámparas que iluminaban Arda y destrozó el hogar de los Valar en el hermoso lago de Almaren. El Mundo fue reformado entre caos y destrucción. Finalmente, sin embargo, los Valar prevalecieron. Melkor fue aprisionado en los Salones de Mandos durante muchas edades.
Sin embargo, aun permaneciendo encarcelado, se manifestaba el inconmensurable poder de Melkor. Sus mentiras constantes y astutas persuadieron a sus captores de su arrepentimiento y Manwë, eternamente compasivo, perdonó a su terrible hermano. Este desafortunado acto, a pesar de ser inevitable, inició la saga de la Guerra de las Grandes Joyas.
Tras ser liberado de los Salones de Mandos, Morgoth volvió a Valinor. Allí descubrió los Silmarils de Fëanor y comenzó a tramar para apropiarse de ellos. Fëanor se resistió a su plan, revelando el velo de mentiras del Poderoso, de modo que el Enemigo huyó hacia las sombrías tierras salvajes del sur de Aman.
Aunque los Valar colocaron una fuerte vigilancia en los límites del Reino Bendecido, Melkor volvió para vengarse y apropiarse de las Grandes Joyas. Acompañado de Ungoliant, el innombrable Espíritu del Vacío, llegó hasta Valinor sin ser descubierto y asaltó los Dos Arboles que iluminaban toda la tierra. Él y la arácnida Ungoliant mataron los Dos Árboles y saquearon todo el verdor sobre el que crecían. Ungoliant bebió después las gotas de los Pozos de Varda. De nuevo, Melkor sumió al Mundo en la oscuridad. Desde ese momento, fue conocido como Morgoth, el "Enemigo Negro".
Mientras él y su terrorífico aliado huían hacia el norte, entre un halo de impenetrable oscuridad, Morgoth asesinó a Finwë, Rey Supremo de los Noldor, y robó los Silmarils, por los que tanto había luchado el Señor Noldo. El Enemigo Negro escapó a Endor con su botín, y con la venganza con la que había soñado mientras languidecía tantas edades en prisión.
Tras disputar con Ungoliant por la posesión de las Joyas; Morgoth se reestableció en Angband, en el noroeste de Endor. Allí, implantó los Silmarils en su Corona de Hierro y comenzó a construir un nuevo reino. Se embarcó en la creación de nuevas criaturas que sirvieran para sus horribles objetivos y extendieran su dominio al este y al sur. Poco después, el Enemigo Negro comenzó la larga lucha contra los elfos de Beleriand que decidió el destino de los Silmarils, y, en definitiva, el de toda la Tierra Media.
Si quieres saber más consulta la Historia de la Tierra Media durante la Primera Edad
Morgoth estuvo a punto de vencer, pero la búsqueda de Eärendil tuvo éxito, y consiguió desatar la cólera de los Valar. Enfrentado a la Hueste de Valinor, Morgoth volvió a ser derrotado y capturado. Su corona fue transformada en los grilletes que le encadenaron cuando fue lanzado al Vacío Intemporal. Incapaz de volver de nuevo, el espíritu de Morgoth desapareció finalmente de Eä.
 
Naturaleza de Morgoth
 
Muchas y muy poderosas eran las pasiones de Morgoth, y comprendían todo lo que puede entenderse por Mal. Su interminable e insaciable ansia nunca se detuvo mientras permaneció en Arda. Con cada triunfo, con cada adquisición, deseaba todavía más. Sin embargo, finalmente quedó atado al Mundo, debilitado por cada obra creada a lo largo del tiempo. Su Corona de Hierro contenía gran parte de su poder, y le habría permitido permanecer en Eä a pesar de la destrucción de su cuerpo, pero tras su rebelión Morgoth no volvió a ganar poder alguno.
 
Los Servidores de Morgoth
 
El deseo más fundamental del Enemigo Negro era, por supuesto, crear vida. Pero nunca lo logró, pues la Llama Imperecedera arde sólo dentro de Eru, y la vida sólo brota con el permiso del Único. Incluso el nacimiento de los enanos de Aulë puede ser atribuido al compasivo pensamiento de Eru. Morgoth vió siempre frustrada su ansia de hallar y manejar el fuego que crea el espíritu y da la vida.
Aun así, Morgoth poseía el poder necesario para pervertir lo que ya existía, y así sus pozos de experimentación produjeron las razas de los Orcos, los Trolls, los huargos y los dragones, además de una hueste de maléficas criaturas que todavía acechan en las profundidades de la tierra. Sedujo a los Espíritus de Fuego y retorció sus almas, dominando a los temibles Demonios de Poder, los Balrogs. En una escala todavía mayor, plantó la semilla del orgullo y la desesperación que cambiarían el aspecto de la vida.
 
Obras de Morgoth
 
Morgoth era un maestro en muchos aspectos de Eä, pero por encima de todo disfrutaba creando obras y cosas materiales. Después de todo, era el más cercano a Aulë en carácter y mentalidad.
Al igual que el Señor de la Tierra, comprendía y manipulaba las substancias de Arda. Erigió las Montañas de Hierro para proteger su reino, y elevó las Montañas Nubladas con la esperanza de detener el intento por parte de Oromë de rescatar a los elfos de Cuiviénen. Morgoth excavó los interminables salones de Utumno y Angband y talló la horrenda ciudadela de Thangorodrim. Y, a medida que Aulë moldeaba la superficie de Arda acorde con la visión de Ere, Morgoth la rehacía según sus propios deseos.
Las transgresiones de Morgoth son demasiado grandes como para ser mencionadas, aunque algunas son notables. Sus guerras costaron innumerables vidas y un daño incalculable, y por dos veces finalizaron con cataclismos totales. Odiaba la Luz, y por ello derribó Illuin y Ormal, las Dos Lámparas que iluminaban el Mundo a principios de la Primera Edad. Al hundir los picos que las soportaban, derribó las mayores montañas que nunca agraciaran Endor. Posteriormente, destruyó los Dos Arboles y contribuyó, junto con Ungoliant, a beber los Pozos de Yarda. Incluso atacó a la Luna, fallando únicamente porque su fuerza le traicionó a medida que ascendía hacia el cielo.
Sin embargo, su crimen más atroz fue el legado del Mal. La encamación de Morgoth dejó un legado que incluía multitud de guerras, numerosas razas cormptas y una hueste de monstruos. Todos los males creados por figuras tales como el Balrog de Moria y Sauron de Mordor pueden verse atribuidas a su ira. Sin embargo, lo peor de todo es que dejó al Mundo con el doloroso pecado que corromperá Eä hasta el fin de la Cuenta del Tiempo.