LAS BATALLAS DE LA GUERRA POR LAS GRANDES JOYAS
 
 
LA QUINTA BATALLA:
LA NIRNAETH ARNOEDIAD
 
LA BATALLA DE LAS LÁGRIMAS INNUMERABLES
 
 
 
La Quinta Batalla de Las Guerras de Beleriand marca el punto de inflexión de la aventura de los Noldor contra Morgoth. Si ya en la Cuarta Batalla habían pasado a una actitud defensiva tras la rotura del Sitio de Angbad y la muerte del Rey Supremo Fingolfin, la derrota de élfica en la Nirnaeth marca el ocaso del poder elfo en Beleriand y el ascenso meteórico de Melkor hacia su objetivo de conquista de toda Eä.
Después de la Quinta Batalla sólo quedarán los reinos éficos escondidos, aunque su trágico destino se acercaba a pasos agigantados. Las pérdidas fueron enormes y grande en verdad el triunfo de El Amo Negro.
Pero no todo fue malo, gracias a esta derrota se pudo gestar el héroe Eärendil que consiguió hacer que Los Señores de Occidente volvieran la vista hacia los sufrimientos que padecían sus hijos en las tierras del exilio.
Para conocer en detalle los acontecimientos de la Quinta Batalla lee este texto de JRR Tolkien sacado de las páginas de El Silmarillion
 
 
 
 
… El día señalado, una mañana de pleno verano, las trompetas de los Eldar saludaron la salida del sol; en el este se izó el estandarte de los Hijos de Fëanor y en el oeste el de Fingon, Rey Supremo de los Noldor. Entonces Fingon miró desde los muros de la fortaleza de Eithel Sirion; el ejército estaba en orden de batalla en los valles y los bosques al este de Ered Wethrin, perfectamente oculto a los ojos del Enemigo; aunque él sabía que era muy numeroso.
Allí se habían reunido todos los Noldor de Hithlum, junto con los Elfos de las Falas y la compañía de Gwindor venida de Nargothrond. Había también una gran fuerza de Hombres. A la derecha estaban las huestes de Dor-lómin, comandados por los hermanos Húrin y Huor; a ellos se había sumado Haldir de Brethil con muchos hombres de los bosques.
Entonces Fingon miró hacia Thangorodrim, una nube oscura alrededor y un humo negro ascendía; y supo que la ira de Morgoth había despertado. Había aceptado el reto. Una sombra de duda cubrió el corazón de Fingon; y miró hacia el este, intentando ver con vista élfica el polvo de Anfauglith, que se levantaba bajo las huestes de Maedhros. No sabía que la marcha de Maedhros había sido impedida por la astucia de Uldor el Maldecido, que lo engañó con falsas advertencias de ataque desde Angband.
Cundió entonces un grito que avanzó por el viento desde el sur de valle en valle, y los Elfos y los Hombres alzaron sus voces con asombro y alegría. Porque aunque nadie lo había llamado y nadie lo esperaba, Turgon había abierto el cerco de Gondolin, y avanzaba con un ejército de diez mil soldados, con brillantes cotas de malla y largas espadas y lanzas como un bosque. Entonces, cuando Fingon oyó desde lejos la gran trompeta de su hermano Turgon, la sombra se le fue y se le reanimó el corazón, y gritó con voz fuerte: "Utúlie’n aurë! Aiya Eldalië ar Atanatari utúlie’n aurë!" ˇEl día ha llegado! ˇMirad, Pueblo de los Elfos y Padres de los Hombres, el día ha llegado! Y todos los que oyeron el eco de su poderosa voz en las colinas respondieron gritando: "Auta i lóme!" ˇYa la noche ha pasado!
Ahora bien, Morgoth, que sabía mucho de lo que hacía y se proponía el enemigo, escogió esta hora confiando en que los sirvientes traidores podrían detener a Maedhros e impedir que los atacantes se uniesen, envió a Hithlum una fuerza grande en apariencia vestidos con ropas pardas que no mostraban ningún acero desnudo. De este modo ya habían avanzado mucho por las arenas de Anfauglith antes de que fueran vistos.
Entonces los corazones de los Noldor se enardecieron, y sus capitanes desearon atacar al enemigo en la llanura; pero Húrin, que estaba al mando de los ejércitos de vanguardia, se opuso y les pidió que se cuidaran de la astucia de Morgoth, pues siempre aparentaba tener pocas fuerzas y un propósito que no era el verdadero.
Aunque no llegaba la señal de que Maedhros se acercaba y las huestes se ponían impacientes, Húrin les instó todavía a esperar y a dejar que los Orcos se despedazaran entre ellos inutilmente en el ataque a las colinas.
Pero al capitán de Morgoth en el oeste se le había ordenado que hiciese salir prontamente a Fingon de las colinas por cualquier medio. Así que continuó avanzando hasta que las primeras líneas del ejército estuvieron apostadas delante de las corrientes del Sirion, abarcando desde los muros de la fortaleza de Eithel Sirion hasta las bocas del Rivil en el Marjal de Serech. Las avanzadas de Fingon podían ver los ojos de los enemigos; pero no hubo respuesta al desafio del capitán y la provocación de los orcos perdió firmeza cuando vieron los muros silenciosos y la amenaza oculta de las colinas.
Entonces el capitán de Morgoth envió jinetes con señales de parlamento que cabalgaron hasta las obras sexteriores de la Barad Eithel. Con ellos llevaban a Gelmir hijo de Guilin, uno de los señores de Nargothrond a quien habían capturado en la Bragollach y al que habían cegado. Entonces los heraldos de Angband lo mostraron dando gritos: "Tenemos a otros como éste en nuestra morada, pero tenéis que daros prisa si queréis encontrarlos; porque cuando regresemos haremos con ellos de este modo" Y rebanaron las manos y los pies de Gelmir. Por último le cortaron la cabeza a la vista de los Elfos y lo dejaron allí.
La mala fortuna quiso que allí, en los baluartes exteriores, estuviese Gwindor de Nargothrond, el hermano de Gelmir. La ira que lo poseía se le encendió en locura; montó a caballo de un salto y muchos jinetes lo acompañaron, persiguendo a los heraldos, matándolos e internándose profundamente en el cuerpo principal del ejército.
Al ver esto, todas las huestes de los Noldor se inflamaron. Fingon se puso el yelmo blanco y ordenó que sonaran las trompetas. Las huestes de Hithlum saltaron todas desde las colinas en súbita embestida. La luz de las espadas desenvainadas de los Noldor era como un fuego en un campo de juncos. Tan fiera y rápida fue la arremetida que los designios de Morgoth casi fracasáron. Antes de que pudiera fortalecerse, el ejército que había enviado al oeste fue barrido en el combate, y los estandartes de Fingon pasaron por Anfauglith para ser izados ante los muros de Angband. Siempre al frente de la batalla iban Gwindor y los Elfos de Nargothrond, y ni siquiera ahora pudieron ser contenidos. Irrumpieron a través de los Portales y mataron a los guardianes en las mismas escaleras de Angband; Morgoth temblaba en su trono profundo cuando oyó los golpes en las puertas. Pero la ciega embestida tenía un doble filo, pues estaban atrapados allí y los mataron a todos, salvo a Gwindor, que fue capturado vivo; porque Fingon no pudo ir a ayudarlo. Por muchas puertas secretas en Thangorodrim, Morgoth había hecho salir al grueso de sus ejércitos que mantenía ocultos, y Fingon fue rechazado de los muros con grandes perdidas.
Entonces, en la llanura de Anfauglith, el cuarto día de la guerra, empezaron las Nirnaeth Arnoediad, las Lágrimas Innumerables, pues no hay canto ni historia que pueda contener tanto dolor.
El ejército de Fingon se retiró por las arenas de Anfauglith agobiados por la persecución de las huestes oscuras. Durante esta retirada Haldir, Señor de los Haladin, fue muerto en la retaguardia; con él cayeron la mayor parte de los Hombres de Brethil, que nunca volvieron a los bosques que los habían visto nacer. Pero en el anochecer del quinto día, y estando todavía lejos de Ered Wethrin, los Orcos rodearon a las huestes de Hithlum, luchando con denuedo hasta el amanecer, acosándolas cada vez más cerca.
Con la mañana del sexto día llegó la esperanza cuando se oyeron las trompetas de Turgon, que avanzaba con el principal ejército de Gondolin; porque había evitado que la mayor parte de los suyos intervinieran en la frenética embestida. Ahora se apresuraba a ir en ayuda de su hermano. Los Gondolindrim eran fuertes, vestían cota de malla, y avanzaban en columnas resplandecientes como ríos de acero al sol.
Entonces, la falange de la guardia del rey irrumpió entre las numerosas filas de orcos, y Turgon se abrió paso con la espada para llegar junto a su hermano. Se dice que el encuentro entre Turgon y Húrin, que estaba al lado de Fingon, fue dichoso en medio de la batalla. Entonces la esperanza renació en el corazón de los elfos; ya que en ese preciso instante, a la tercera hora de la mañana, se oyeron las trompetas de Maedhros que venía por fin desde el este, y los estandartes de los Hijos de Fëanor atacaron al enemigo por la retaguardia.
Han dicho algunos que aún entonces los Eldar habrían podido salir victoriosos, si todas sus huestes se hubieran mantenido fieles; porque los Orcos vacilaron y fueron contenidos; y algunos ya se volvían par huir. Pero cuando la vanguardia de Maedhros llegó junto a los orcos, Morgoth llamó a sus últimas fuerzas, y Angband quedó vacía. Llegaron lobos, jinetes de lobos; llegaron Balrogs y dragones. Con ellos venía Glaurung, Padre de los Dragones. La fuerza y el terror del Gran Gusano eran ahora grandes por cierto, por lo que los Elfos y los Hombres se amilanaron delante de él; y Glaurung se interpuso entre las huestes de Maedhros y de Fingon y las separó.
Sin embargo, ni por lobo, ni por Balrog, ni por dragón alguno alcanzaría Morgoth su propósito, sino por la traición de los Hombres. En ese momento se revelaron los planes de Ulfang. Muchos de los Orientales que servían bajo su estandarte se volvieron y huyeron, llenos de miedo y de mentiras; pero los hijos de Ulfang se volvieron de pronto hacia Morgoth atacando la retaguardia del resto de las tropas de los Hijos de Fëanor.
En medio de la confusión que se generó, llegaron cerca del estandarte de Maedhros. Sin embargo no cosecharon la recompensa que Morgoth les prometiera, porque Maglor mató a Uldor el Maldecido, la cabeza de la traición, y los hijos de Bór mataron a Ulfast y a Ulwarth antes de morir ellos mismos. Pero nuevas fuerzas del mal se unieron pronto a la batalla. Hombres que Uldor había convocado y escondido en las colinas del este.
El ejército de Maedhros, atacado por tres lados simultaneamente, se deshizo y se dispersó en la llanura. Empero, el destino salvó a los Hijos de Fëanor, pues aunque todos fueron heridos, no murió ninguno, porque se unieron en la retirada y rodeados del resto de los Noldor y sus aliados Naugrim se abrieron paso fuera de la batalla; escapando lejos, hacia el Monte Dolmed, en el este.
La última de las fuerzas orientales que se mantuvo firme fue el ejército de enanos de Belegost, y así ganaron renombre. Porque los Naugrim resistían el fuego con más osadía que los hombres o los elfos, y además tenían por costumbre en las batallas llevar grandes máscaras de espantosa apariencia; costumbre ésta que les fue de provecho frente a los dragones. Si no hubiera sido por ellos, Glaurung y su prole habrían quemado a todos los que quedaban de los Noldor. Pero los Naugrim hicieron un círculo alrededor del dragón cuando se les echó encima, y ni siquiera la poderosa armadura le sirvió contra los golpes de las poderosas hachas khazâd. Cuando el dragón se volvió furioso, derribó a Azaghâl Señor de Belegost, precipitándose sobre él. Azaghâl hizo un último esfuerzo y le hundió un cuchillo en el vientre, infligiéndole tal herida que Glaurung escapó del campo, y las bestias de Angband lo siguieron turbadas. Entonces los Enanos levantaron el cuerpo de Azaghâl y se lo llevaron entonando un canto fúnebre con voces profundas, como si fuera un funeral en su propio país. Desde ese momento no hicieron caso de sus enemigos; y ninguno se atrevió a molestarlos.

Pero entonces, en la batalla occidental, Fingon y Turgon fueron atacados por una ola de enemigos tres veces mayor que todas las fuerzas que les quedaban. En este ataque exterminador había llegado Gothmog, Señor de los Bálrogs y alto capitán de Angband; y metió una oscura cuña en medio de las huestes de los elfos, rodeando al Rey Fingon, y rechazando a Turgon y Húrin hacia el Marjal de Serech. Luego se volvió hacia Fingon.
Fue ése un amargo encuentro. Al fin, Fingon quedó solo con los guardias muertos a sus pies y luchó en igualdad de condiciones contra Gothmog hasta que otro Balrog vino por detrás y le arrojó un cinturón de fuego a su alrededor. Entonces Gothmog lo golpeó con el hacha negra y una llama blanca broto del yelmo hendido de Fingon. Así cayó el Rey Supremo de los Noldor. Su cadáver fue golpeado contra el polvo con las mazas y pisotearon su estandarte azul y plata en el barro ensangrentado.

 
Fingon lucha contra Gothmog, Señor de los Balrogs
 
El campo estaba perdido; pero todavía Húrin y Huor y el resto de la Casa de Hador se mantenían firmes junto a Turgon de Gondolin; y las huestes de Morgoth aún no habían ganado el Paso del Sirion. Entonces Húrin le habló a Turgon, diciendole: "Idos ahora, señor, mientras todavía es posible. Porque en vos vive la última esperanza de los Eldar, y si Gondolin se mantiene erguida, en el corazón de Morgoth habrá siempre miedo".
Pero Turgon le respondió: "No por mucho tiempo puede Gondolin permanecer oculta; y cuando sea descubierta, por fuerza ha de caer".
Entonces Huor le dijo: "Pero si resiste un corto tiempo, de allí vendrá la esperanza de los elfos y de los hombres. Esto os digo, señor, con la mirada de la muerte: aunque nos separemos aquí para síempre y yo no vuelva a ver vuestros muros blancos, de vos y de mí se levantará una nueva estrella. ˇAdiós!".
Maeglin, sobrino de Turgon, que estaba allí presente, escuchó estas palabras y no las entendió completamente pero no dijo nada.
Entonces Turgon siguió el consejó de Húrin y de Huor. Convocó a lo que quedaba de las huestes de Gondolin más lo que pudo reunir del pueblo de Fingon y se retiro hacía el Paso del Sirion. Mientras se preparaban sus tropas; sus capitanes Ecthelion y Glorfindel guardaban los flancos de la derecha y la izquierda, para que el enemigo no se acercase. Pero eran los hombres de Dor-lómin quiens protegían la retaguardia de la hueste élfica, como lo deseaban Húrin y Huor; porque no querían en verdad abandonar las Tierras del Norte, y si no podían volver a sus hogares, allí resistirian hasta el fin. Así se enderezó la traición de Uldor; y de todas las hazañas de guerra que los Padres de los Hombres llevaron a cabo en beneficio de los Eldar, la última resistencia de los Hombres de Dor-lómin es la que obtuvo más renombre.
De este modo Turgon se abrió camino luchando hacia el sur hasta que, protegido por la vanguardia del contingente de Húrin y Huor, cruzó el Sirion y escapó; desapareciendo en las montañas, oculto a los ojos de Morgoth.
Los hermanos reunieron al resto los Hombres y elfos que aún quedaban con vida y palmo a palmo se retiraron hasta ponerse detrás del Marjal de Serech, delante de las costas del Rivil. Allí resistieron, y ya no cedieron ni un metro más.
Entonces todas las huestes de Angband los rodearon como un enjambre, e hicieron con los muertos un puente sobre el río, trazando un circulo en derredor del resto de Hithlum como la marea que crece sobre una roca. Allí, al ponerse el sol el sexto día, Huor cayó con el ojo horadado por una flecha envenenada. Con él cayeron todos los hombres valientes de la Casa de Hador; muertos alrededor en un montón. A éstos, cuando la batalla hubo terminado, los Orcos les cortaron las cabezas y las apilaron como formando una especie de macabro y triste montículo de oro que se destacaba en el crepúsculo.
Ultimo de todos resistió Húrin. Al fin arrojó el escudo y esgrimió con ambas manos el hacha. Se canta que el hacha humeó con la sangre negra de los trasgos de Gothmog hasta aniquilarlos a to dos. Cada vez que asestaba un golpe, Húrin gritaba: "Aurë entuluva!" ˇYa se hará de nuevo el día! Siete veces lanzó ese grito, pero al cabo lo atraparon vivo por orden de Morgoth, pues los orcos se aferraban a él aunque les cortara los brazos; hasta que por último cayó sepultado debajo de ellos. Entonces Gothmog lo encadenó y lo arrastró a Angband burlándose de él.
Así terminó la Nirnaeth Arnoediad al descender el sol más allá del mar. Se hizo la noche en Hithlum y del Occidente vino una gran tormenta de viento.
 
 
LAS CONSEQUENCIAS DE LA NIRNAETH ARNOEDIAD
 
… Grande fue el triunfo de Morgoth, y cumplio su propósito de modo grato a su corazón; porque los hombres se mataron entre ellos y traicionaron a los Eldar. El miedo y el odio despertaron entre aquellos que tendrían que haber estado unidos. Desde ese día los elfos se mantuvieron apartados de los hombres, excepto las Tres Casas de los Edain.
El reino de Fingon ya no existía; los Hijos de Fëanor erraban como hojas al viento. Habían perdido las armas y la alianza estaba rota; desde este momento vivieron una existencia salvaje en los bosques al pie de Ered Lindon, mezclándose con los Elfos Verdes de Ossiriand, despojados del poder y la gloria de antaño.
En Brethil unos pocos de los Haladin vivían todavía en la protección de los bosques. Handir hijo de Haldir era el Señor; pero de las huestes de Fingon nadie volvió nunca a Hithlum, ni tampoco ninguno de los hombres de la Casa de Hador; ni hubo nuevas de la batalla ni de la suerte corrida por sus señores.
Pero Morgoth envió allí a los orientales que lo habían servido, negándoles las ricas tierras que ellos codiciaban. Los encerró en Hithlum y les prohibió abandonar esa región. Esa fue la recompensa que obtuvieron por haber traicionado a Maedhros: saquear y vejar a los ancianos, las mujeres y los niños del pueblo de Hador. El resto de los Eldar de Hithlum fue trasladado a las minas del norte para trabajar allí como esclavos, salvo los que pudieron evitarlo y escaparon a las tierras salvajes de las montañas.
… Muchos huyeron a los Puertos y buscaron refugio tras los muros de Círdan, y los marineros recorrían las costas acosando al enemigo en rápidos desembarcos. Pero al año siguiente, antes de que llegara el invierno, Morgoth envió grandes fuerzas sobre Hithlum y Nevrast. Estos ejércitos descendieron por los ríos Brithon y Nenning, asolando todas las Falas, y poniendo sitio a los muros de Brithombar y Eglarest. Llevaban consigo herreros y mineros; e instalaron grandes maquinarias de asedio que, después de fiera resistencia, quebrantaron al fin los muros.
Los Puertos quedaron en ruinas y la alta y esbelta torre de Barad Nimras fue derribada. La mayor parte del pueblo de Círdan fue muerta o sometida a esclavitud. Pero algunos escaparon en barcos; entre ellos estaba Ereinion Gil-galad, el hijo de Fingon, a quien su padre había enviado a los Puertos después de la Dagor Bragollach. Estos supervivientes navegaron con Círdan hacia el sur, a la Isla de Balar, construyeron un refugio para todo aquel que pudiera llegar hasta allí...
 
 
 
 
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