LA HISTORIA DE LA TIERRA MEDIA

 

 
 
LA PRIMERA EDAD II
 
De la Rebelión de Los Noldor a la Cuarta Batalla de Las Guerras de
Beleriand: La Dagor Bragollach
 
 
     
     
     
   
   
     
     
 
 
   
 
 
 
La Rebelión de Los Noldor
 
A medida que el Gran Mal se alzaba en la Tierra Media, los Noldor de Aman planeaban vengarse del asesinato de su Rey. Encendidos por el robo de los Silmarils y la destrucción de los Dos Árboles, los tres hijos de Finwë -Fëanor, Fingolfin y Finarfin- reunieron a su pueblo y se prepararon para marchar de vuelta a Endor. La mayoría estaba de acuerdo en abandonar Valinor, a pesar de los deseos de los valar, para recuperar los Silmarils y vengar a Finwë. Fëanor era el más decidido de todos y él con sus siete hijos pronunciaron el Juramento de Fëanor y se alzaron en rebelión arrastrando al resto de la Casa de Finwë con ellos.
 
 
"Entonces pronunció Fëanor un terrible juramento. Los siete hijos se acercaron a él de un salto y juntos hicieron el mismo voto, y rojas como la sangre brillaron las espadas al resplandor de las antorchas. Era un juramento que nadie puede quebrantar ni nadie ha de pronunciar, aun en nombre de Ilúvatar, y pidieron para ellos la Oscuridad Sempiterna si no lo cumplían; a Manwë nombraron como testigo, y a Varda, y a la montaña sagrada de Taniquetil, prometiendo perseguir con odio y venganza hasta el fin del Mundo a Vala, Demonio, Elfo u Hombre aún no nacidos, o a cualquier otra criatura, grande o pequeña, buena o mala, a la que el tiempo diese origen desde ahora hasta la consumación de los días, que guardara, tomara o arrebatara uno de los Silmarils de Fëanor.
Así hablaron Maedhros y Maglor y Celegorm, Curufin y Caranthir, Amrod y Amras, principes de los Noldor; y muchos se descorazonaron al oír las terribles palabras".
(El Silmarillion, Cap 9, Págs. 108-109)
 
 
Saliendo por el paso oriental llamado Calacirya, los Noldor entraron en Eldamar en la costa oriental de Aman. Allí se encontraron con los marítimos Teleri, y les preguntaron si podían utilizar sus barcos para navegar hasta Endor. Los Teleri de Olwë se negaron, pues sabían que los Valar habían sido traicionados y no aprobaban la expedición de Fëanor y sus hermanos. Lo que siguió constituye uno de los más tristes momentos de la historia de la Tierra Media. Espoleados por el ardiente odio hacia Morgoth, los Noldor de Fëanor cayeron sobre sus hermanos Teleri con un terrible derramamiento de sangre. Los ligeramente armados teleri lucharon valientemente, pero no fueron ningún desafío para los orgullosos Noldor. Reforzado por la vanguardia del ejército de su hermano Fingolfin, Fëanor venció y se apropió de los barcos Teleri.
La Matanza de los Hermanos de Alqualondë condenó a los Noldor. Enojados y amargados hasta el punto que ya no les importaba la traición, la hueste de Fëanor partió desde Alqualondë, abandonando a la mayoría de su pueblo para que se defendieran solos.
Temporalmente abandonado, el pueblo de Fingolfin y Finarfin marchó hacia el norte a lo largo de las orillas de Aman. Decidieron atravesar el traicionero hielo de Helcaraxë, que ahogaba los angostos estrechos situados entre el noreste de Aman y el noroeste de Endor. Al mismo tiempo, el pueblo de Fëanor navegaba hacia el norte, bordeando la costa a medida que sus hermanos viajaban a lo largo de la orilla del mar.
Tras la huida de los Noldor, el rey de los Teleri, Olwë, llamó al maiar Ossë, su amigo y protector, para que castigara a los asesinos de hermanos. Sin embargo, los valar intervinieron, pues los asuntos entre los Hijos de Eru no eran de su incumbencia. Fueran cuales fueran los crímenes que los Noldor hubieran cometido contra los Teleri por prisa y orgullo, los Exaltados no podían actuar en venganza. En su lugar, el Juicio y el Destino actuarían para responder a la necesidad de justicia.
Sin embargo, Uinen -una de las dos grandes maiar de Ulmo- lloró por los Teleri asesinados. Se desencadenaron tormentas, que hicieron zozobrar a la flota noldo conforme viajaba hacia el norte. Muchos de los barcos robados se hundieron entre las altas olas, y el curso de la pequeña armada cambió ante los vientos que les azotaron. Las prisas de Fëanor no sirvieron para nada. Aquella tragedia sirvió como testamento para el difícil destino que condenaría al Pueblo de Finwë desde aquel momento.
 
La Profecía del Norte o La Maldición de Mandos
 
Mientras tanto, el resto de los Noldor seguían a Fingolfin y Finarfin a lo largo del estrecho sendero entre las Pelori y el Gran Mar. Con el tiempo, llegaron a las fronteras septentrionales del Reino Bendito, donde Valinor se encontraba con las altas y frías extensiones de Araman. Ante ellos yacía un yermo, y más allá podía verse un afilado mar de hielo.
Cuando los Noldor estaban cruzando la frontera hacia lo salvaje, una oscura figura apareció sobre una gran roca que protegía la orilla azotada por los vientos. Su identidad no está muy clara, pero hasta hoy día se ha asegurado que se trataba de Mandos. La figura habló con una voz firme y temible. Sus solemnes palabras obligaron a los Noldor a levantarse y escucharle, y así lo hicieron. Sorprendidos por este momento sombrío, fue entonces cuando escucharon la Profecía del Norte.
El profeta habló de la maldición de los valar y proclamó su exilio. Sus sencillas palabras hablaban de la pena y el dolor que seguirían a los noldor en su búsqueda de la guerra. Pronunció la terrible predicción de que la Casa de Fëanor se vería atormentada por su Juramento, y que su deseo y su codicia les mantendrían alejados de sus tesoros y no podrían alcanzar la paz verdadera.
 
  "Allí vieron de pronto una figura oscura, de pie sobre una roca, que contemplaba la costa desde lo alto. Dicen algunos que era el mismo Mandos, y no un heraldo de Manwë de menor cuantía. Y oyeron una voz alta, solemne y terrible que les ordenó detenerse y prestar oídos. Todos se detuvieron entonces y permanecieron inmóviles, y de extremo a extremo de las huestes de los Noldor se escuchó la voz que pronunciaba la maldición y la profecía denominada la Profecía del Norte y el Hado de los Noldor. Mucho se predijo en palabras oscuras que los Noldor sólo comprendieron cuando sobrevinieron los males; pero todos oyeron la maldición pronunciada contra los que no quisieran quedarse ni solicitar el juicio y el perdón de los Valar".  
 
 
"Lágrimas innumerables derramaréis; y los Valar cercaran Valinor contra vosotros, y os dejarán fuera, de modo que ni siquiera el eco de vuestro lamento pasará por sobre las montañas. Sobre la Casa de Fëanor la cólera de los Valar cae desde el Occidente hasta el extremo Oriente, y sobre todos los que los sigan caerá del mismo modo. El juramento os impulsará, pero también los traicionará, y aun llegará a arrebatarles los mismos tesoros que han jurado perseguir. A mal fin llegará todo lo que empiecen bien; y esto acontecerá por la traició del hermano al hermano, y por el temor a la traición. Serán para siempre los Desposeídos.
Habéis vertido la sangre de vuestros parientes con injusticia y habéis manchado la tierra de Aman. Por la sangre devolveréis sangre y más allá de Aman moraréis a la sombra de la Muerte. Porque aunque Eru os destinó a no morir en Eä , y ninguna enfermedad puede alcanzaros, podéis ser asesinados, y asesinados seréis: por espada y por tormento y por dolor; y vuestro espíritu sin morada se presentará entonces ante Mandos. Allí moraréis durante un tiempo muy largo, y añoraréis vuestro cuerpo, y encontraréis escasa piedad, aunque todos los que habéis asesinado rueguen por vosotros.
Y a aquellos que resistan en la Tierra Media y no comparezcan ante Mandos, el mundo los fatigará como si los agobiara un gran peso, y serán como sombras de arrepentimiento antes que aparezca la raza más joven. Los Valar han hablado".
(El Silmarillion, Cap 9, Págs. 115-116)
 
 
 
Fëanor reforzó su Juramento ante la Profecía, y la mayoría de sus seguidores le imitaron; pero su hermano Finarfin decidió renunciar a su viaje a Endor. Hablando a sus hijos, Finarfin les anunció que volvería a Valinor para enfrentarse a su castigo. Triste y amargamente, descubrió que su casa estaba separada. Los hijos se separaron de su padre por amor y lealtad hacia los hijos de Fingolfin, y obligados por su juramento. Finarfin volvió a la Tierra de los Valar, donde fue perdonado y se le concedió señorío de todos los Noldor leales de Aman.
 
Fëanor y La Llegada de Los Noldor a Beleriand
 
Cuando su hermano les abandonó, Fëanor y Fingolfin reanudaron su viaje. La extremad a dificultad que tenía el paso de Araman causó gran número de disputas y recriminaciones hasta que, finalmente, el encono creció entre los hijos mayores de Finwë. Fingolfin acusó a Fëanor de traer el desastre sobre su Pueblo, culpando a su hermanastro de todos los males que habían acaecido a los Noldor. A su vez, éste se burlaba de sus acusaciones.
A medida que los Noldor se acercaban a Helcaraxë, discutían sobre los medios para atravesar la llanura helada hacia la Tierra Media. Los barcos blancos tomados a los Teleri que comandaba Fëanor, eran demasiado escasos como para transportar a su gente, y construir un transbordador parecía poco práctico. Cualquier viaje a pie era una locura.
Entonces, una noche, cuando el viento del noroeste era fuerte y hermoso, Fëanor solucionó el problema. Reuniendo a su gente, se deslizó dentro de los barcos y huyó, abandonando de nuevo a Fingolfin y a los hijos de Finarfin a su suerte en el terrible Helcaraxë.
Esta vez, sin embargo, Fëanor no tenía intenciones de reunirse con su hermanastro. Al contrario, navegó hacia el noroeste de la Tierra Media, anclando entre un coro de ecos de su pueblo. Su primer acto fue ordenar la quema de los barcos blancos robados a los Teleri. Ninguna flota volvería para ayudar a cruzar a Fingolfin y los hijos de Finarfin.
En los últimos días iluminados por las estrellas de la Larga Noche, la hueste de Fëanor se enfrentó a la muerte de su señor. La Maldición de Mandos demostró ser verdad; la agitada alma del más dotado noldo que nunca haya vivido regresó a los Salones de los Muertos antes de ver cumplido el Juramento.
Los vigilantes ejércitos de Morgoth atacaron al poco preparado campamento de los Noldor después de descubrir los barcos ardiendo en la costa. Durante diez días se combatió en la Batalla bajo las Estrellas, Segunda Batalla de Beleriad. Aunque sorprendidos y ampliamente superados en número, los Noldor conservaban todavía la luz de Valinor y barrieron completamente a las tropas del Amo Oscuro. Victorioso, el orgullo de Fëanor le volvió a atrapar una vez más. El rey noldo persiguió a los restos de los ejércitos de Morgoth hasta las cercanías de Angband, donde se vio rodeado. Mortalmente herido por Gothmog, Señor de los Balrogs, Fëanor murió. Su agridulce vida determinó gran parte de la historia de la Primera Edad, y dejó un duradero y doloroso legado.

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Irónicamente, los Noldor bajo el mando de Fingolfin podían ver el fuego de los barcos Teleri y el humo de la batalla; sin embargo, no podían ayudar a quienes les habían traicionado. El tortuoso camino de hielo que formaba su camino se llevó muchas vidas, e hizo inútiles sus intentos por ayudar a su hermano. Se arrastraron a lo largo de Helcaraxë en uno de los más dramáticos trayectos nunca llevado a cabo.
La voluntad de Fingolfin mostró ser más fuerte que lo que su hermanastro se imaginaba. Con la ayuda de su hijo Fingon y de los hijos de Finarfin -Galadriel, Finrod, Orodreth, Angrod y Aegnor- condujo a su hueste a través del mar congelado. Se enfrentaron a los numerosos peligros de aquellos afilados hielos y, a pesar de perder a un gran número de su pueblo, llegó a Endor en el momento en que aparecía por primera vez la Luna.
 
 
La Creación del Sol y la Luna
 
Mientras los Noldor luchaban en su viaje hacia la Tierra Media, los valar buscaban poner fin a la Larga Noche y restaurar la Luz en el Mundo. Morgoth amenazaba la seguridad de la Tierra Media y, sin luz, los Hijos de Eru tenían pocas esperanzas de resistir al Amo Oscuro.
Tras oir noticias de la llegada de Fëanor a Endor, Manwë llamó a las valier Yavanna y Nienna. Les mandó utilizar todo su poder sobre las Olvar para restaurar la vida de los Dos Árboles. Pero sus encantamientos, a pesar de ser potentes, demostraron ser inútiles. Ungoliant había inyectado un veneno irresistible.
Sin embargo, la canción de Nienna consiguió recuperar un último vestigio de su espíritu desde sus moribundas ramas. Al morir, Telperion dio a luz una última Flor de Plata, y Laurelin engendró un solo Fruto Dorado. Cada don personificaba la esencia de su luz. Los valar se regocijaron con su resplandor cuando Yavanna se los presentó a Manwë. Tras ser consagrados por el rey, los frutos y la luz que despedían fueron fijados colocándola en dos bajeles forjados por Aulë. Y así, a partir de las últimas ofrendas de Telperion y Laurelin, nacieron la Luna (Isil) y el Sol (Anar).
Manwë dio las dos nuevas lámparas a su esposa Varda, Guardiana de los Cielos,
con la esperanza de que pudiera colocarlas en el cielo sobre Arda. Varda escogió entonces a dos maiar para cumplir esta tarea. Para guiar la Luna, la Reina de los Valar aceptó a Tilion el Cazador, un sirviente de Oromë. Varda escogió después a la gran maia de Vána, Arien, la Reina de los Espíritus del Fuego, como guardiana y guía del Sol.
Así como Telperion había sido el primero de los Dos Árboles en brotar, la Luna también fue la primera de las lámparas celestes que se alzó. Guiada por Tilion, inició su marcha desde el oeste a medida que el pueblo de Fingolfin superaba los desafíos que presentaba Helcaraxë.
La hueste de Morgoth quedó aturdida por el esplendor de la Luna, pero los planes para aplastar a los Elfos de Beleriand continuaron progresando. La llegada inesperada del nuevo ingenio de los Valar amenazó su sueño, pues esperaba derrotar a las fuerzas de Fëanor y Fingolfin antes de que se asentaran, y no sería así. Sólo habían pasado siete días de la ascensión de la Luna cuando el Sol se alzó por primera vez en el este. Cegado por la gloriosa luz dorada, Morgoth se retiró bajo tierra. A continuación, reunió a sus sirvientes bajo las grandes nubes negras que vomitaba Thangorodrim para aislar a Angband de la recién nacida luz solar.
Aquella gran luz también preocupaba a los valar Lórien y Estë , pues oscurecía la luz de las estrellas y creaba un día infinito. No quedaría ninguna noche para descansar, así que rezaron para crear un nuevo orden en el cielo. Dichas llamadas fueron respondidas, quizás por el Destino, cuando el errante Tilion abandonó su curso con la esperanza de tocar la gloria del Sol. Al acercarse demasiado cerca del orbe flamígero, la Luna se vio quemada y oscurecida, y Tilion se alejó.
Desde entonces, la Luna emitió una luz más débil y siguió un nuevo curso. Se creó un periodo de luz media y el pueblo del vala Ulmo respondió arrastrando el sol sobre las frescas aguas del Mar Circundante mientras la Luna salía. El Sol descansaba mientras la Luna dominaba el cielo, y ascendía a medida que la Luna se deslizaba en su descenso de oriente. Así se inició el ciclo de noche y día.
Morgoth quería destruir las nuevas lámparas, de la misma forma que había derribado a Illuin y Ormal y los Dos Arboles. Pero el poder del Enemigo Negro, cada vez más atado a Arda, se debilitaba a medida que pasaba el tiempo y creaba nuevas obras fuera del pensamiento de Eru. La habilidad por parte de Morgoth para eliminar a los maiar del cielo era por lo tanto limitada y, cuando atacó a Tilion en la Luna, fue rechazado hacia Arda. Como Arien era todavía más fuerte, el vala renegado descubrió que su destino estaba escrito. El Sol y la Luna siguieron sus caminos y el Enemigo Negro buscó otros medios para oscurecer la tierra.
 
La Defensa de Valinor
 
El ataque por parte de Morgoth sobre la Luna aclaró a los valar dos cosas acerca de su enemigo. En primer lugar, descubrieron que la misma Aman necesitaba fortalecerse, pues el Enemigo Negro estaba desesperado y listo para entrar en combate. En segundo lugar, los Poderes vieron que la fuerza de su hermano caído estaba unida a Arda y se desvanecía a medida que ascendía hacia el cielo. Los valar elevaron los, ya de por sí altos, picos de las montañas Pélon hasta crear una muralla que tocaba los más altos rincones por encima de las nubes. Cerrando todos los pasos de la cadena montañosa salvo uno para los leales elfos de Eldamar y Tol Eresseä, fortificaron Aman con una frontera virtualmente inquebrantable. En las alturas fue colocada una guardia que nunca descansaba y, desde entonces, Valinor se convirtió en una tierra protegida.
 
El Despertar de los Hombres
 
Con el amanecer de la época del Sol y de la Luna, los valar se retiraron por un tiempo de su intervención en los asuntos de Endor. Sus nuevas creaciones sirvieron para encender los corazones de los Quendi pero, lo que es más importante, iluminaron el mundo para los nuevos protegidos de los valar: los hombres, los Segundos Nacidos de los Pueblos Libres.
La raza de los hombres despertó en Hildórien, en el este de la Tierra Media, en el momento en que el Sol aparecía en el cielo. Eran mortales, y no tan hermosos como los elfos, pero Eru amaba a sus espíritus más que a los de cualquier otro pueblo.
Al confiar sus almas a los guardianes valar, el Único dejó claro que serían los hombres quienes heredarían la sartén caliente que era el señorío de Endor. Su seguridad era vital para el desarrollo de su plan, y el hecho de que su nacimiento tuviera lugar en el momento de la salida del Sol no fue coincidencia.
 
La Tercera y Cuarta Batalla de Beleriand
 
Mientras los hombres despertaban y comenzaban a mutiplicarse y extenderse hacia el oeste, los Elfos de Beleriand se enfrentaban al Gran Mal de Angband. Una enorme y vacía llanura separaba el frío y eternamente oscuro Norte de los reinos élficos. Residiendo en territorios de diferentes lealtades, los quendi se dispusieron en tres reinos Teleri/Sindar y nueve reinos Noldor.
De estos reinos, muchos estaban en disputas entre ellos. Los Sindar de Doriath no luchaban al lado de los vengativos Noldor, prefiriendo permanecer detrás de la protectora barrera mágica que la reina Melian había lanzado entorno a las fronteras del reino y que impedía a toda criatura no invitada pasar. Era la Cintura de Melian. Los señores Noldor se peleaban por antiguas transgresiones, manteniendo la Profecía del Norte.
Era un tiempo de ansiedad. Tres campañas -desde la Tercera hasta la Quinta Batalla de la Primera Edad- siguieron al asentamiento de los Noldor. Por dos veces, los ejércitos de Morgoth atacaron hacia el sur de Angband, cada vez desde detrás de un muro de fuego y oscuridad para ocultarse de los cegadores rayos del sol. Vencido en la Tercera Batalla, La Dagor Agalareb (Batalla Gloriosa) el Enemigo Negro soportó un asedio de cuatrocientos años de duración.
Pero durante el invierno del último año del Sitio, cuando los ejércitos de elfos y hombres acampaban en la llanura de
Ard-Galen, ante las puertas de Angbad, el Señor Oscuro descargó contra ellos toda la furia acumulada tras cuatro centurias de asedio.
Un mar de lava y fuego fue escupido por las chimeneas de las torres de Thangorodrim pillando desprevenido a los sitiadores. Junto a las llamas venía un ejército de Balrogs, los demonios de fuego de Morgoth, e incontables legiones de Orcos. A este avasallador poder se unía la presencia de Glaurung el Dorado, primer y Padre de los Dragones.
Ante tamaña demostración de poder, las fortificaciones que asediaban Angbad fueron barridas de la faz de Ard-Gales como hojas en un vendaval. Los ejércitos de socorro enviados por el rey Fingolfin fueron rechazados con grandes pérdidas hasta las Ered Wethrim y la Torre de Minas Tirith, en los orígenes del río Sirion, fue tomada al asalto por Sauron y su ejército de licántropos. Los hijos de Finarfin, Angrod y Aegnor, sucumbieron en los primeros días de la batalla al tratar de defender su reino de Dorthonion.
La misma suerte corrieron los hijos de Fëanor en Beleriand Oriental, pues hacia allí fue Galurung el Gran Gusano junto a su cohorte de Balrogs y ejércitos de orcos. Los reinos noldorines fueron desechos y la alianza había quedado desecha.
La Cuarta Batalla de La Guerras de Beleriand, también conocida como Dagor Bragollach o de la Llama Súbita, acabó con la llegada de la primavera cuando los ejércitos de Morgoth perdieron la fuerza de la embestida inicial y se retiraron hacia Angbad a recuperarse, pues si bien habían causado irreparables pérdidas a los Noldor y sus aliados, no menos graves habían sido las suyas.

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