LA HISTORIA DE LA TIERRA MEDIA
 
 
LA PRIMERA EDAD I
De la Canción de Los Ainur al Robo de los Silmarils
 
 
 
   
 
 
 
La Cración de la Tierra Media
 
El pensamiento de Eru dió nacimiento a los Ainur, los hijos de su mente. Despues, reunió a estos sirvientes y les habló, llenándolos de música y animándoles a cantar. Así lo hicieron; pero, durante un tiempo, no pudieron cantar
unidos. Sin embargo, a medida que pasaban incontables edades, la música se fue refinando y las voces se unieron en una gloriosa armonía. Esa fue la Gran Música que hizo
nacer a Eä. Cada valar tenía su parte en esta Canción; cada uno con su propia melodía determinada y juntos llegaron a
forjar Menel (el Cielo) y Arda (la Tierra). En el corazón de esta maravilla llamada la Existencia se hallaba la Llama Imperecedera, que infundía la vida.
Desafortunadamente, la inocencia y la unidad fueron destruidas en esta Creación. Uno de los mayores Ainur ansiaba un papel más importante dentro del esquema, y desarrollaba una canción según sus propios deseos. Este Ainu, Melkor, será conocido posteriormente como
Morgoth, el Enemigo Negro. Su deseo de manipular la Llama de la Vida y crear sus propias visiones fue el inicio
del Mal, pues Morgoth era el Mal encarnado. Fue el único renegado entre los exaltados Ainur que constituyeron los valar, los Altos Espíritus que entraron en Eä para completar su concepción.
La Primavera de Arda
 
Eru detuvo la discordia que había entre los Ainur y puso fin a la Gran Música. Reprendiendo a sus sirvientes, avergonzando aMorgoth. El Enemigo Negro se sometió a la voluntad del Unico, pero dentro de su remordimiento yacía un doloroso odio. Eru perdonó la transgresión de Morgoth y sacó a los valar de su hermoso hogar dentro de los Palacios Intemporales para después mostrarles Eä . Situado en medio del Vacío, aquel mundo era suyo para que entraran en él y lo moldearan hasta llegar a su gloria final.
Cuando los valar y los maiar abandonaron los Palacios Intemporales de Eru y llegaron a Eä, el mundo tenía una forma tosca, como una joya sin trabajar que espera ser tallada y convertida en una obra maestra finalizada. Los Ainur que llegaron buscaban la perfección y la simetría, y se dispusieron a esculpir Arda y dar forma al Cielo.Morgoth trabajó en contra del esquema del resto de los valar. El Enemigo Negro deseaba un mundo creado por su propio pensamiento, y desafió a sus hermanos. A medida que ellos construían, Morgoth destruía o pervertía sus obras. La guerra asoló las jóvenes tierras.
Eventualmente, sin embargo, los valar se unieron contra su hermano renegado. Morgoth se retiró, y con la llegada de Tulkas, el último vala que entró en Eä, el Enemigo Negro huyó de Arda, escapando más allá de las Murallas de la Noche que rodeaban el Mundo. El valiente Tulkas se ganó el odio eterno de Morgoth pero, por un tiempo, Eä permaneció en paz.
 
Las Dos Lámparas que Iluminaron al Mundo
 
El mundo adoptó su forma durante esta Primavera de Arda. Siguiendo el esquema, fueron emergiendo montañas y valles, y la tierra adoptó un agradable equilibrio. Dos Grandes Lámparas (Illuin y Ormal), erigidas sobre pilares montañosos en el norte y en el sur, iluminaban toda Arda y todo lo que estaba situado dentro de los límites circulares del Mundo adquirió la gloria que Eru deseaba. Allí donde el brillo era más potente, los valar construyeron su hogar. Lo llamaron la isla de Almaren, porque descansaba en un enorme lago situado en el centro del continente que formaba el centro de Arda. Allí, los Exaltados se relajaron rodeados de esplendor, disfrutando de las maravillas que habían creado siguiendo la guía del plan de Eru.
Sin embargo, la breve Primavera de Arda no duró mucho, puesto que pronto Morgoth regresó de su exilio. El Ainu rebelde se escapó silenciosamente del Vacío, esperando sorprender y por lo tanto derrotar a los demás valar. Entrando en Eä por el lejano norte de Arda, comenzó a construir una inexpugnable fortaleza. Excavó un profundo refugio llamado Utumno("El Valle del Hueco Malévolo") con la ayuda de su lugarteniente Sauron, principal sirviente maia del vala Aulë que fue seducido antes de entrar en Arda. Con el fin de elevar una gran barrera contra quienes desearan asaltar su guarida, creó las Montañas de Hierro, un semicírculo de picos que rodeaban el único continente de Arda
Pronto, la tierra se vio plagada de signos del retorno de Morgoth. Bosques sanos se marchitaban y aparecían pestilentes cenagales; malignas bestias atacaban la pacífica fauna, y un frío repentino se apoderó del Norte. Los valar despertaron de su reposo y registraron Arda en busca del escondrijo del Enemigo Negro. Sin embargo, antes de que lograran descubrirlo, Morgoth dio un golpe que acabó con la Primavera de Arda. Dejando Utumno al mando de sus sirvientes, derrumbó los pilares montañosos que soportaban las lámparas Illuin y Ormal, lanzando su fuego sobre la tierra y haciendo pedazos el continente. El Mundo se sumió en la oscuridad a medida que los mares crecían, y Almaren fue destruida. La hermosa Arda cambió el aspecto de su paisaje desfigurado para siempre.
Tulkas salió en persecución del vala traidor, pero éste llegó sano y salvo a su fortaleza en medio del cataclismo. Reforzando sus defensas, esperó a que los valar intentaran vengarse. Sin embargo, tal venganza no llegó de pronto, pues los valar se dedicaron en su lugar al trabajo de restaurar la tierra y construir un nuevo hogar.
 
La Fundación de Amán
 
La profanación de Arda afectó a todos sus territorios, pero Endor, en el centro, fue el que más sufrió de la deflagración.
Illuin y Omial se elevaban sobre los picos más altos nunca erigidos en Arda, y su flamígera caída arrasó las regiones que los separaban. La Tierra Media sufrió terriblemente, pues las Lámparas estaban fijadas en sus flancos. Con sus raíces desgarradas y sus tierras destrozadas por las llamas y las crecidas, Endor era un lugar mancillado.
Tras la destrucción, los valar se dedicaron a buscar una nueva ubicación donde crear su hogar. Se giraron hacia las Tierras Exteriores, las regiones separadas de las Murallas de la Noche por el Mar Circundante. De dichas regiones, la más hermosa y occidental de ellas era Aman, la Tierra Bendecida. Se trataba de un remoto lugar que yacía en el límite del Mundo, lejos de Utumno, que se hallaba en las fronteras más septentrionales de la Tierra Media. Abandonando la guerra contra el Gran Mal, los valar abandonaron Endor y entraron en Aman, convirtiéndola en su residencia.
Una muralla de altas montañas recorría toda la zona oriental de la Tierra Bendecida. Mayores que cualquiera de las que quedaban en Endor, protegerían a Aman del resto del Mundo. Sólo un estrecho pero fértil saliente yacía entre ellas y el Gran Mar, que separaba Aman de Endor. Tras aquellas montañas, las Pelori, los valar establecieron Valinor, su nuevo hogar. Allí, entre los Espíritus Exaltados, todo estaba sin mancillar y lleno de vida eterna; de ahí su nombre, las Tierras Imperecederas. Nunca más tendrán los valar que preocuparse por su propio hogar.
 
La Creación de los Enanos y el Despertar de Los Primeros Nacidos
 
Eru creó La Llama Imperecedera. En su pensamiento se formaron almas, y de allí nació la vida. Los espíritus eran encendidos con esta llama. Como Morgoth descubrió más adelante, no podía concebirse vida sin su permiso. Aunque la vida fascinaba a los valar por naturaleza, a quienes se había confiado el cuidado del Mundo, en primer lugar ésta nació de la mente de Eru, y no podía nacer fuera de sus planes.
Sin embargo, el vala Aulë quería crear una raza viva,
y abandonó Aman, en secreto, para moldear a los
Siete Padres de los Enanos en una sala en las profun-
didades de la superficie de Endor.
Durante aquellos días, Aulë soportó tormentos, pues el Herrero era consciente de que su concepción estaba fuera de los planes del Unico; pero perseveró, e hizo a sus hijos fuertes, como la tierra de la que procedían.
Sin embargo, Eru lo sabía todo; y en el instante en que el Herrero completaba su obra, el Único habló a su sirviente descarriado. Preguntó a Aulë por sus motivos y amonesto al vala por crear cosas sin su autoridad. Aulë le explicó que no era el ansia de poder o el preponderar sonbre sus hermanos lo que le llevaba a crear a sus hijos, sino más la búsqueda de algo nuevo y lleno de vida. Este sentimiento y la franqueza de su hijo conmovieron a Eru.
Llorando, el desconsolado Herrero alzó su martillo para destruir su delito, pero Eru intervino. Perdonando a su sirviente, el Único aceptó a los enanos como un regalo. Pero, como los Siete Padres seguían estando fuera de los planes de Eru, los hijos de Aulë fueron sumidos en un sueño hasta que llegara el tiempo adecuado para su despertar. Tras colocar a los robustos naugrim en tumbas profundas en remotas partes de Endor, Aulë volvió a Valinor. El Herrero estaba reconfortado por el perdón de Eru, y por el pensamiento de que ninguno de los demás valar conocía su obra. Sólo su esposa Yavanna recibió su consejo, y sólo a ella le reveló su obra y su gozo.
Eran los Elfos, y no los Enanos, quienes estaban destinados a ser los Primeros Nacidos. Despertaron en Cuiviénen, en el este de la Tierra Media, poco después de que Aulë volviera a Aman. Los primeros en hablar y de cuerpo inmortal, los Elfos se convirtieron en los primeros Hijos de Eru.
El Mundo que recibió a los elfos era una tierra sumida en un sueño. Robado de la luz de las Dos Lámparas, dormía como si se hallara en una noche eterna. Yavanna -Señora de la Tierra y guardiana de los Olvar (los demás seres vivos)- esperaba el retorno de la Luz. Pocas cosas se movían bajo las estrellas, salvo los tumultos y multitudes del Maléfico Norte.
 
Los Dos Árboles
 
En la zona nororiental de Aman, en medio del centro de Valinor, Yavanna bendijo un túmulo verde e insertó dos semillas que había criado con esmero en sus jardines. Del túmulo regado por las lágrimas de Nienna surgieron las raíces de los Dos Árboles.
Se alzaron, animadas por la canción de Yavanna; y de su florecimiento surgió la luz, que bañó el Mundo de nuevo con una cálida iluminación. Sus brillantes gotas de rocío se agrupaban en pozos por debajo de las raíces, para permanecer como depositarias de una luz que infundía vida.
Este hecho marcó el fin de las edades oscuras y bajo las estrellas e hizo posible el establecimiento de la Cuenta del Tiempo.
El más anciano de los Dos Arboles -Telperion- brillaba plateado, con el color del dorso de sus hojas tintadas de un verde profundo. Laurelin, su compañero, tenía hojas de color verde primaveral, con bordes dorados, y desprendia una radiación dorada. Unidos, iluminaban Arda, al igual que habían hecho las Lámparas antes que ellos. De nuevo, la vida en el Mundo volvió a crecer, y la visión de Eru continuó desarrollándose.
La Embajada de Oromë y La Batalla de los Poderes
 
Con el despertar de los Elfos, Morgoth se movió con nuevos odios. El Enemigo Negro, buscando la dominación de los Primeros Nacidos, envió a sus sombríos sirvientes hacia el sur hasta Cuiviénen. Allí -en la cala iluminada por las estrellas del Mar Interior de Helcar, donde la luz de los Dos Árboles era apenas un resplandor difuso- , los sirvientes de Morgoth sembraron el miedo, la sospecha y la discordia.
Los valar no eran todavía conscientes de la llegada de los Elfos, pero el destino intervino, y el Cazador Oromë se encontró con los Primeros Nacidos poco después de que el Enemigo Negro hiciera sus primeras proposiciones. Su llegada constituyó un momento maravilloso y problemático que creó una espléndida canción dentro del corazón de Oromë. Desafortunadamente, muchos de los elfos consideraron al jinete vala como un espectro depredador, una criatura de la oscuridad que se alimentaba de los débiles.
En realidad, muchos de los Elfos estaban perdidos, pero no a manos de Oromë. Capturados o seducidos por las demoníacas intrigas de Morgoth, se convirtieron en la raíz de una nueva raza: losOrcos. Aunque el Enemigo Negro no podía crear vida de la nada, podía pervertir a los que ya habían recibido un espíritu. La recién nacida raza de los quendi se veía amenazada por la esclavitud o la extinción.
Oromë volvió al Oeste y habló de su descubrimiento, y de los peligros que amenazaban a los Primeros Nacidos. Los demás valar percibieron la gravedad del peligro y decidieron combatir a su hermano rebelde. Reuniendo a la Hueste de Valinor, marcharon hacia Endor, con la esperanza de asaltar Utumno y acabar con el Mal.
Los ejércitos de Morgoth se encontraron con el Ejército del Oeste en el noroeste de la Tierra Media, y fueron totalmente derrotados en una batalla que cambió el aspecto de todo el territorio circundante. La oscura fortaleza de Sauron en Angband fue arrasada. La hueste de los valar, liderada por Tulkas, barrió los restos de las fuerzas de la Oscuridad hacia el este. Colocando una guardia en Cuiviénen, los Exaltados se giraron y marcharon sobre la fortaleza de Morgoth. Asaltaron Utumno, y entonces se inició un prolongado asedio. Sin embargo, al final el poder de los valar demostró ser imparable. Rompieron la entrada de Utumno e, invadiendo sus enormes salones, se enfrentaron a su hermano caído.
Tulkas luchó contra Morgoth y le encadenó con Angainor, una cadena irrompible, incluso para un valar con el poder de Morgoth, una de las obras maestras de Aulë. La Batalla de los Poderes finalizó con la victoria de los valar. Encadenado y con los ojos vendados por su archirrival Tulkas, el Enemigo Negro fue conducido a Valinor. Allí , Manwë le juzgó, le condenó y le hizo encarcelar en los inexpugnables Salones de Mandos, donde su espíritu permanecería confinado durante su castigo, pues de aquellas estancias nada se podía salir sin el permiso de Mandos.
 
El Gran Viaje de los Elfos
 
A la Batalla de los Poderes le siguió una larga paz, durante la cual los Elfos prosperaron. Pero pasó poco tiempo antes de que los valar, deseosos de seguridad para los Elfos y de compañía para ellos mismos, enviaran una invitación a los Primeros Nacidos para asentarse entre los Espíritus Exaltados en Valinor, en las Tierras Imperecederas. Los elfos reaccionaron con aprensión y temor pues, con excepción de Oromë el Cazador, los Quendi sólo habían visto a los valar en la guerra, y por tanto llenos de cólera.
Ante la negativa y la falta de expectación por parte de los Elfos, Los poderes de Arda optaron por otras vías de acercamiento. Oromë volvió a Cuiviénen y propuso en persona a los Quendi que eligieran a varios representantes de entre ellos para que viajasen a Valinor y comprobasen tanto las excelencias del lugar como las buenas intenciones de los Valar, sus habitantes. Esta embajada tuvo éxito y el vala Cazador volvió a casa con tres emisarios élficos: Ingwë, Finwë y Elwë.
Una vez en Valinor, los tres elfos se hallaron con toda la gloria de los Poderes. El temor y el deseo llenaron sus almas, y accedieron a la oferta de los valar. Tras volver a casa en la grupa de la montura de Oromë, Nahar, hablaron de la resplandeciente magnificiencia de Aman y persuadieron a muchos de los de su pueblo para llevar a cabo una migración hacia el oeste. Quienes le siguieron fueron conocidos posteriormente como los Eldar o Pueblo de Las Estrellas. Su número incluía a todo el pueblo de Ingwë (los Vanyar), así como la mayoría de los seguidores de Finwë (los Noldor) y Elwë (los Teleri).
Así empezó el Gran Viaje a través de Endor y hacia Aman.
Esta fue la primera división entre los Quendi, pues los que se quedaron atrás, los Avari (Renuentes), permanecieron en el este de la Tierra Media y desarrollaron sus propios linajes y culturas. Posteriormente hubo más separaciones a medida que los Eldar marchaban hacia la luz de los Dos Árboles. Los grupos Nandor, Sindar y Laiquendi de los Teleri, nunca abandonaron las orillas de Endor, pues todavía estaban algo rercelosos y se maravillaban de las cosas que se encontraban en el camino, pues cada lugar les parecía perfecto para establecerse. Al igual que los Avari, fueron conocidos como los Moriquendi (elfos oscuros), aquellos que nunca llegaron a ver la Luz de Aman y los Dos Árboles. Los Calaquendi, o elfos de la luz, incluyen a todos los eldar que llegaron a las Tierras Imperecederas.
Los grupos Calaquendi vivieron en las regiones orientales del Reino Bendito. Los grupos Vanyar y Noldor crearon sus hogares en Valinor. Los Teleri construyeron sus hogares más al este, en la isla de Tol Eressëa, y en la región costera de Eldamar, entre las montañas Pelori y el Gran Mar.
Al otro lado del océano divisorio, en el noroeste de Endor, los Sindar, uno de los grupos de Elfos que no siguiero todo el camino hasta la tierra de los Valar, ocuparon las tierras que se extendían entre las Montañas Azules, donde los enanos tenían sus grandes urbes subterráneas de Nogrod y Belegost, y el océano exterior: Beleriand. Los Laiquendi se les unieron posteriormente, así como los Noldor, que volvieron de Aman para luchar contra su enemigo inmortal.
 
La Creación de Los Silmarils
 
Morgoth permaneció en los Salones de Mandos durante tres edades. Durante todo el tiempo fue pidiendo perdón, pues sabía que Manwë no comprendía completamente el Mal. El Rey de los Valar comprendía bien todas las razas y sabía mucho de sentimientos, pero las motivaciones del Enemigo Negro eran ajenas a su espíritu. Morgoth presionó, mucho sobre las simpatías de Manwë.
Finalmente, Manwë perdonó a Morgoth después del arrepentimiento del Enemigo Negro, y así comenzó la saga que dio forma a los últimos días de la Primera Edad.
Morgoth volvió a entrar en Valinor, y comenzó a tramar su venganza. Poco después del regreso del valá caído, el noldo Fëanor, hijo mayor de Finwë, creó los Silmarils (Silmarilli). Eran indudablemente la mayor obra creada nunca por un Hijo de Eru. Estas tres gemas, que contenían la eterna luz extraída de los Dos Arboles, ardían con el brillo de su propio espíritu. Su belleza no tenía parangón en el reino de los objetos materiales.
El deseo de Morgoth por esas piedras preciosas le condujo a su segunda rebelión. Al encontrarse con los increíbles Silmarils, el Vala Caído fue incapaz de resistirse a la belleza que irradiaban. Sembró las semillas de la discordia entre los Noldor con la esperanza de hacer dudar a los elfos de su lealtad a los Valar y a los Maiar. Con esta intriga, planeaba apropiarse de estos poderosos objetos obra de Fëanor.
 
El Robo de los Silmarils y la Huida de Morgoth
 
El intento por parte de Morgoth de seducir a los orgullosos Noldor fracasó . Los preciosos Silmarils permanecieron firmemente agarrados por las manos de Fëanor y la Casa de Finwë. Los Noldor, alertas de su peligro, pidieron ayuda a los valar, y el Enemigo Negro se vio de nuevo forzado a huir de sus hermanos. Escapando hacia el sur desde Valinor, entró en las sombrías extensiones de Avathar. Allí, en los yermos más meridionales de Aman, Morgoth se encontró con el Espíritu maldito del Vacío: la esencia de la No-Luz.
Se llamaba Ungoliant, y estaba unida a la forma de un arácnido terrible y demoníaco. Esta encarnación de la Nada estaba en contra de cualquier cosa que viviera. Estaba hambrienta de la luz de la vida, la manifestación de la Llama Imperecedera. Morgoth, temiendo la naturaleza de Ungoliant, y necesitando hallar un aliado para poder llevar a cabo sus planes, fue cultivando sus ansias y le prometió lo que ella más deseaba: la luz de los Dos Árboles y los Pozos de Arda.
De esta unión surgieron hechos atroces. En un acto que recordó a la anterior destrucción de las Dos Lámparas, Morgoth y Ungoliant se deslizaron hacia Valinor y asaltaron los Dos Arboles aprovechando un día de fiesta organizado por los Valar. Envenenando las raíces de Telperion y Laurelin y bebiendo los Pozos de Arda, Ungoliant sumió al mundo en la oscuridad una vez más. Así empezó la Larga Noche, un tiempo de total confusión, miedo y desconsuelo.
Aprovechando los momentos de confusión que siguieron al segundo hundimiento en la oscuridad de Arda, Morgoth entró en la Tesorería Noldo de Formenos y se apropió de los Silmarils y de otras muchas joyas de inigualable belleza que habían creado las hábiles manos de Fëanor. Finwë, rey de los Noldor y padre de Fëanor, intentó interponerse en esta profanación, pero el Enemigo Negro le mató y tomó las gemas. Con sus manos ardiendo por culpa del calor que desprendían las tres joyas, Morgoth llevó su botín hacia el norte. Oromë y Tulkas le persiguieron, pero Ungoliant disuadió cualquier persecución tejiendo sombrías telarañas de una No-Luz desorientadoras impenetrables.
Al llegar a Lammoth, en el noroeste de la Tierra Media, Ungoliant se enfrentó a su compañero y le pidió las riquezas robadas en Formenos. Tras devorar todas las joyas salvo los inapreciables Silmarils, el Espíritu del Vacío creció de tamaño. Se elevaba como una monstruosa nube con forma de araña de negro vacío, y exigió las creaciones de Fëanor. A esto Melkor se negó con vehemencia, y los antiguos aliados combatieron. Sin embargo, Morgoth llamó con un desesperado aullido mezcla de miedo y odio a sus sirvientes más poderosos que aún vivían escondidos en las ruinas de Utumno: los Balrogs. Terribles espíritus de fuego que con la ayuda de los látigos flamígeros que portaban ayudaron a su señor y mentor. Así pudo librarse del ataque de Ungoliant.
Rescatado por los balrogs y libre para siempre de Ungoliant, Morgoth viajó hasta Angband y se reunió con los restos de sus sirvientes supervivientes. Allí, su lugarteniente Sauron había reunido al resto de la hueste que sirvió al Enemigo Negro antes de su caída en la Batalla de los Poderes. Morgoth adoptó un nuevo trono y comenzó a reconstruir su dominio.
Fortaleciendo sus tropas, aumentó las excavaciones de Angband y construyó una fortaleza que rivalizaba con su antigua y por entonces aplastada fortaleza subterránea de Utumno. La tierra extraída con el esfuerzo de sus sirvientes se fue amontonando con cada año que pasaba. Con esa escoria, el Enemigo Negro erigió Thangorodrim ("Montañas de la Tiranía"), el trío de picos bajo los que se hallaba su oscura ciudad-capital.
Desde su nuevo trono reclamó el dominio sobre todo el Mundo, haciéndose llamar Rey. Para simbolizar su soberanía, puso los tres Silmarils en una corona -La Corona de Hierro- que se convirtió en el objeto de poder más potente nunca creado. Con ella, canalizó sus energías para forjar un ejército innumerable de todos sus vasallos: orcos y trolls, lobos y huargos, espectros y licántropos, dragones y balrogs. La Hueste del Enemigo Negro era formidable, y su conquista de Endor parecía segura.
 
 
 
 
   
       
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