La Naturaleza de Los Hombres
 
 
 
 
Llamados los Hijos Menores de Eru o los Nacidos Después, los hombres fueron creados después de los nobles elfos. Parecían ser las menos agraciadas de las creaciones inteligentes de Eru, pues sus espíritus contenían mucha menos fuerza que los de los Ainur (es decir, los Maiar y los Valar), y, en contraste con los elfos y los enanos, tenían cortas vidas y eran vulnerables a todos los elementos de la vida: las enfermedades, los venenos y el clima.
Los hombres conservaban los recuerdos de sus muchas batallas no sólo en sus mentes y sus corazones, sino también en las cicatrices de sus cuerpos. En forma y rasgos, carecían de la gran belleza de los eldar y no gozaban de la gloria de los calaquendi. Comparadas con las grandes artes mágicas, culturas, habilidades y refinamientos de los elfos y los enanos, las obras de los hombres parecían lastimosas y primitivas.
Pero a pesar de todo esto, eran los más amados por Eru. Los creó en solitario junto a la primera salida del Sol. Ningún valá compartió su nacimiento, ningún eldar contempló su creación, y ningún maia los representó como su patrón especial. Y El les proporcionó un don único, que en principio era considerado como una maldición por sus hermanos mayores inmortales, los elfos: la muerte. Los hombres morían de forma natural, sin violencia, sin calamidades, simplemente con el pasar de los años y el desgaste de sus cuerpos.
Sin embargo, la muerte era la bendición de Eru, pues libraba a los hombres de la mano del destino, que sujetaba a los elfos, quienes sufrían a menudo las cargas de un destino predeterminado. Los Primeros Nacidos, a pesar de ser inmortales de cuerpo, veían desgastar su espíritu con el pasar de las edades, pero los espíritus de los Nacidos Después ardían con pasión por la vida y la necesidad de saborear cada precioso momento. Ningún elfo inmortal podía comprender la desesperada pero enérgica naturaleza de los hombres mortales.
Lo que es aún más importante, el don de Eru creó un misterio que envolvió el aspecto más fundamental de la naturaleza de los hombres: su destino eterno. El destino final del espíritu de un hombre era desconocido, incluso para los valar (salvo Námo). Los hombres no iban a vivir a las Tierras Imperecederas de Aman al finalizar sus vidas. Sus almas salían fuera de Arda, hallando la etemidad mientras eran acunados por los brazos de Eru en lugar de caminar entre la gloria menor de los valar. Tal es el gran Don de la Muerte, la recompensa de Eru a Sus Hijos Menores.
 
 
 
 

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