EL DESASTRE DE LOS CAMPOS GLADIOS
 
LA MUERTE DE ISILDUR Y LA PÉRDIDA DEL ANILLO ÚNICO
 
 
La Muerte de Isildur en Los Campos Gladios.
 
 
 
Este texto es un relato de JRR Tolkien sobre
El Desastre de Los Campos Gladios, la
batalla en la que murió Elendil y sus hijos mayores
y en la que el Anillo Único se perdió.
 
 
Después de la caída de Sauron, Isildur, hijo y heredero de Elendil, volvió a Gondor. Allí recibió la Elendilmir como Rey de Arnor, y proclamó su señorío soberano sobre todos los Dúnedain del Norte y del Sur; porque era hombre de gran orgullo y vigor. Permaneció un año en Gondor restaurando el orden y definiendo los límites de la región; pero la mayor parte del ejército de Arnor regresó a Eriador por el camino númenóreano que va de los Vados del Isen a Fornost.
Cuando por fin se sintió en libertad de retornar a su propio reino, tuvo prisa y deseaba ir primero a Imladris; porque allí había dejado a su esposa y a su hijo menor, y tenía además la urgente necesidad de escuchar el consejo de Elrond. Por tanto decidió dirigirse hacia el norte por los Valles del Anduin a Cirith Forn en Andrath, el elevado paso del norte que conducía a Imladris. Conocía bien esa tierra por haber viajado allí a menudo antes de la Guerra de la Alianza, y había ido a la guerra por ese camino con hombres del Arnor oriental en compañía de Elrond.
Era un largo viaje, pero el único otro camino, hacia el oeste y luego hacia el norte hasta el cruce de caminos de Arnor y luego hacia el este a Imladris, era mucho más largo todavía. Tan rápido, quizá, para hombres montados, pero Isildur no tenía caballos adecuados; más seguro, quizá, en los días antiguos, pero Sauron había sido vencido y el pueblo de los Valles había sido aliado de Isildur en la victoria. No tenía miedo, excepto de los azares del clima y la fatiga, problemas ineludibles para los hombres a quienes la necesidad empuja a viajar a la lejana Tierra Media.
Así fue, como se cuenta en las leyendas de días posteriores, que menguaba ya el segundo año de la Tercera Edad, cuando Isildur se puso en camino desde Osgiliath a principios de Ivanneth, con la esperanza de llegar a Imladris en cuarenta días, a mediados de Narbeleth, antes de que el invierno se acercara al Norte. Junto al Portal Oriental del Puente, una brillante mañana, Meneldil lo despidió: "Ve ahora de prisa, y que el Sol de tu partida no deje de iluminarte el camino".
Con Isildur iban sus tres hijos: Elendur, Aratan y Ciryon II y una guardia de doscientos caballeros y soldados, hombres decididos de Arnor y endurecidos en la guerra. De este viaje nada se cuenta hasta que hubieron pasado la Dagorlad y marcharan luego hacia el norte hacia las vastas tierras vacías al sur del Gran Bosque Verde.
El vigésimo día, al divisar a lo lejos el bosque que corona los terrenos elevados y el distante resplandor rojo y dorado de Ivanneth, el cielo se cubrió de pronto y un viento oscuro sopló desde el Mar de Rhûn cargado de lluvia. Llovió cuatro días, de modo que cuando llegaron a la entrada de los Valles, entre Lórien y Amon Lanc, Isildur se alejó del Anduin, crecido y de aguas rápidas, y ascendió las empinadas cuestas del lado oriental hacia los senderos de los Elfos silvanos que pasaban cerca de las lindes del Bosque.
Así fue que avanzada la tarde de la trigésima jornada, pasaban por las fronteras septentrionales de los Campos Gladios, marchando por un sendero que conducía al reino de Thranduil, tal como era entonces. El hermoso día ya menguaba; por sobre las montañas distantes se agrupaban unas nubes, enrojecidas por un sol nublado que descendía hacia ellas; una sombra gris ya cubría las profundidades del valle.
Los Dúnedain iban cantando porque la marcha del día estaba concluyendo, y tres cuartas partes del largo camino hacia Imladris quedaban detrás. A la derecha el Bosque se alzaba sobre ellos en lo alto de unas cuestas empinadas que llegaban al sendero; más allá, el descenso al fondo del valle era menos empinado.
De pronto, cuando el sol se sumergió en las nubes, oyeron los espantosos gritos de los Orcos, y los vieron salir del Bosque y descender por la cuesta lanzando gritos de guerra. En la penumbra reinante, sólo era posible sospechar cuántos eran, pero superaban en número a los Dúnedain, hasta diez veces, y quizá más.
Isildur ordenó que se levantara un Thangail, un muro de defensa de dos filas unidas que podían retroceder en ambos extremos si eran flanqueadas, y si era necesario, convertirse en un anillo cerrado. Si el terreno hubiera sido plano o la cuesta hubiera favorecido a Isildur, habría formado a los suyos en un dírnaith, atacando a los Orcos con la esperanza de que la gran fuerza de los Dúnedain les abriera un camino entre ellos y los pusiera en fuga; pero eso no era entonces posible.
Un sombrío presagio le embargó. "La venganza de Sauron sigue todavía viva, aunque quizá Sauron mismo esté muerto", le dijo a Elendur, que estaba junto a él. "¡Aquí hay astucia y propósito! No tenemos esperanza de ayuda: Moria y Lórien han quedado muy atrás, y Thranduil está a cuatro días de marcha".
"Y llevamos carga de un valor inestimable", dijo entonces Elendur; porque contaba con la confianza de su padre.
Los Orcos estaban acercándose. Isildur se volvió hacia su escudero: "Ohtar"—dijo—, "pongo esto ahora a tu cuidado". Y le entregó una gran vaina y los fragmentos de Narsil, la espada de Elendil. "Evita que te la quiten por cualquier medio de que dispongas, y a toda costa; aun a costa de ser tenido por un cobarde que me ha abandonado. ¡Llévate a tu compañero contigo y huye! ¡Ve! ¡Te lo ordeno!"
Entonces Ohtar se arrodilló y le besó la mano y los dos jóvenes huyeron por el oscuro valle.
Aunque la huida no pasó inadvertida a la aguda vista de los Orcos, éstos no le hicieron caso. Se detuvieron brevemente para preparar el ataque. Primero dispararon una lluvia de flechas, y luego, repentinamente, con gran estruendo de voces, hicieron lo que Isildur habría hecho, y lanzaron la gran masa de sus principales guerreros cuesta abajo con la esperanza de quebrantar la línea de defensa de los Dúnedain.
Pero éstos se mantuvieron firmes. Las flechas de nada habían servido contra las armaduras númenóreanas. Los grandes Hombres sobrepasaban a los más altos Orcos, y sus espadas y sus lanzas tenían mayor alcance que las armas de sus enemigos. Los atacantes vacilaron, cediendo su ímpetu, y retrocedieron dejando a los defensores apenas dañados e incólumes tras tendales de Orcos caídos.
Le pareció a Isildur que el enemigo se retiraba hacia el Bosque. Miró atrás. El borde rojo del sol refulgía desde las nubes al hundirse tras las montañas; pronto caeria la noche. Dio orden de reanudar la marcha de inmediato, pero torciendo el curso hacia el terreno más bajo y llano, donde la ventaja de los Orcos sería menor. Quizá creyera que después del costoso rechazo sufrido no reincidirían, aunque sus exploradores podrían seguirlos en la noche y vigilar el campamento. Ésa era la costumbre de los Orcos, que solían desanimarse cuando la presa era capaz de volverse y morder.
Pero estaba equivocado. No había sólo astucia en el ataque, sino ferocidad y odio implacable. Los Orcos de las Montañas eran tropas disciplinadas, comandadas por feroces sirvientes de Barad-dûr, enviados mucho antes para vigilar los caminos, y aunque no lo sabían, el Anillo, que había sido cortado de su mano negra hacía ya dos años, estaba aún cargado con la mala voluntad de Sauron y clamaba por la ayuda de todos sus servidores.
Los Dúnedain habían andado apenas una milla cuando los Orcos se pusieron otra vez en movimiento. Esta vez no atacaron, pero utilizaron todas sus fuerzas. Descendieron formando un amplio frente curvado en cuarto creciente y pronto constituyeron un anillo ininterrumpido en torno a los Dúnedain. Estaban silenciosos y se mantenían a distancia, fuera del alcance de los temibles arcos de acero de Númenor, aunque la luz disminuía de prisa, y en esta necesidad eran insuficientes los arqueros de que disponía Isildur.
Hubo una pausa, aunque los Dúnedain de vista más aguda decían que los Orcos avanzaban furtivamente paso a paso. Elendur fue al encuentro de su padre, que estaba sombrío y solo, como sumido cn sus pensamientos. "Atarinya —dijo—,"¿qué es del poder que podría acobardar a estas inmundas criaturas y ponerlas a tu mando? ¿Acaso no sirve de nada?"
"De nada, ¡ay!, senya. No puedo utilizarlo. Temo el dolor de su contacto. Y no he encontrado aún la fuerza de doblegarlo a mi voluntad. Necesita de otro que posea más grandeza de la que ahora soy consciente de tener. Mi orgullo está por tierra. Debería recurrir a los Guardianes de los Tres".
En ese momento hubo un clamoroso resonar de cuernos y los Orcos avanzaron por todas partes lanzándose sobre los Dúnedain con ferocidad implacable. La noche había llegado y se desvanecía la esperanza. Los Hombres caían abatidos; los Orcos de mayor talla saltaban juntos, en parejas, y vivos o muertos, derribaban a un Dúnedain, de modo que otras fuertes garras pudieran arrastrarlo y darles muerte. Los Orcos quizá pagaran cinco por uno en este intercambio, pero no era caro el precio. Ciryon fue muerto de este modo y Aratan mortalmente herido cuando intentó rescatarlo.
Elendur, todavía indemne, fue en busca de Isildur, que estaba animando a sus hombres en el flanco oriental, donde era más pesado el ataque, porque los Orcos todavía temían la Elendilmir que llevaba en la frente y lo evitaban. Elendur le tocó el hombro, e Isildur se volvió furioso creyendo que un Orco se le había deslizado por detrás.
"Mi Rey" —dijo Elendur—, "Ciryon ha muerto y Aratan agoniza. Tu último consejero debe aconsejarte, más todavía, mandarte, como tú mandaste a Ohtar, y decirte: ¡Vete! Coge tu carga y a toda costa llévala a los Guardianes: ¡aun a costa de abandonarme junto con tus hombres!"
"Hijo del Rey" —dijo Isildur—,"sabía que tenía que hacerlo; pero le tenía miedo al dolor. Tampoco podía irme sin tu permiso. Perdóname y perdona mi orgullo, que te ha arrastrado a esta suerte".
Elendur lo besó."¡Vete! ¡Vete ahora!" —dijo.
Isildur se volvió hacia el oeste, y cogiendo el Anillo que prendido de una fina cadena, le colgaba del cuello metido en una pequeña bolsa, se lo puso en el dedo con un grito de dolor, y nunca los ojos de nadie volvieron a verlo en la Tierra Media.
Pero la Elendilmir del Oeste no podía apagarse y de pronto refulgió roja e iracunda como una estrella ardiente. Los Hombres y los Orcos se hicieron a un lado temerosos; e Isildur, cubriéndose la cabeza con una capucha, se desvaneció en la noche.
De lo que después les ocurrió a los Dúnedain, sólo esto se sabe: que al poco tiempo yacían todos muertos, salvo uno, un joven escudero aturdido y sepultado bajo los cadáveres. Así murió Elendur, que estaba destinado a ser Rey, y en su fuerza y su sabiduría, en su majestad sin orgullo, uno de los más grandes, el mejor de la simiente de Elendil, el más semejante a su antecesor, como pronosticaban todos los que lo conocían.
De Isildur se cuenta que el dolor y la angustia de su corazón eran grandes, pero al principio corrió como un gamo perseguido por perros, hasta que llegó al fondo del valle. Allí se detuvo para asegurarse de que no lo perseguían; porque los Orcos podían seguir el rastro de un fugitivo en la oscuridad por el olor. Luego prosiguió más precavido, porque vastas extensiones se abrían por delante en la penumbra, ásperas y sin senderos, llenas de trampas para los pies errantes.
Así fue que llegó por fin a las orillas del Anduin en lo más profundo de la noche, y estaba cansado; porque había hecho un viaje que los Dúnedain en semejante terreno no habrían podido hacer más rápidamente, sin detenerse y a la luz del día. El río estaba remolineando oscuro y veloz ante él. Se quedó allí un rato desesperado y solo. Luego, de prisa, se despojó de la armadura y las armas, salvo una corta espada que llevaba sujeta al cinturón, y se sumergió en el agua. Era hombre vigoroso, de una resistencia que pocos Dúnedain de su edad podían igualar, pero tenía escasas esperanzas de alcanzar la otra orilla. Antes de haber avanzado mucho, se vio forzado a volverse casi hacia el norte en contra de la corriente; y por más que luchaba era de continuo barrido hacia las grandes algas de los Campos Gladios.
Estaban más cerca de lo que él había pensado, y cuando por fin sintió que la corriente disminuía, y cuando había casi logrado cruzar, se encontró luchando con altos juncos y algas adherentes. Allí advirtió de pronto que había perdido el Anillo. Por azar, o por un azar bien utilizado, se le había desprendido de la mano en un sitio donde jamás podría encontrarlo. En un principio el sentimiento de la pérdida fue tan abrumador, que dejó de luchar y pensó en dejarse hundir y ahogarse. Pero este estado de ánimo se disipó tan de prisa como se le había presentado.
Pero para los ojos nocturnales de los Orcos que allí atisbaban vigilantes, se destacaba como una monstruosa sombra de espanto con ojos penetrantes como estrellas. Dispararon sobre ella sus flechas envenenadas y huyeron. Innecesariamente, porque Isildur, inerme, cayó sin un grito con la garganta y el corazón atravesados, de espaldas al agua.
Ni rastros de su cuerpo encontraron nunca los Elfos ni los Hombres que acudieron al rescate al enterarse de la matanza.
Así murió la primera víctima de la malicia del Anillo sin amo: Isildur, segundo Rey de todos los Dúnedain, señor de Arnor y Gondor, y el último en esa edad del Mundo.
 
 
 
 
Ir a Grandes Batallas de la Tierra Media
Ir a Página Principal
Ir a Historia de La Tierra Media
 

Este relato es © de JRR Tolkien y de los propietarios de sus derechos®. Si hubiera algún problema con el contenido de esta página, por favor, comuníquenlo a esta dirección de correo electrónico y el contenido problemático será eliminado de esta web. Gracias por su colaboración.